Introducción

¿Cuántas familias se sienten dañadas y heridas? ¿Cuántos hijos se sienten incomprendidos? ¿Cuántas esposas no se sienten amadas? ¿Cuántos hombres se sienten ajenos a su propia familia?
Sin duda hay muchas causas que producen este tipo de heridas. En esta lección estudiaremos algunas de ellas y cuáles deben ser las actitudes correctas para que las heridas sean sanadas.

1. Perdonar

Negarse a perdonar, envía un dolor seco al alma. No perdonar trae profundas consecuencias.

a) Negarse a perdonar significa que Dios negará también su perdón hacia nosotros

Después de enseñar el Padre Nuestro, Jesús añadió “Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:14-15) Debemos buscar en nuestros corazones las ocasiones que no hemos perdonado a nuestra familia. Los problemas psicológicos, la depresión, la falta de descanso, el conflicto interior y la falta de satisfacción son una plaga para el que no perdona. Algo peor, Satanás gana ventaja (2 Corintios 2:10-11)

b) Negarse a perdonar trae problemas y mancha el espíritu
 Cuando no perdonamos, guardamos rencor. Luego, comenzaremos a sentirnos resentidos.

Pero si continuamos manteniéndonos firmes en la postura de no perdonar, nos volveremos amargados. La amargura contamina la atmósfera de nuestra vida. La gente amargada invita a los problemas. Dios nos ha dado poder para perdonar. No por sentimiento, sino que comienza como un acto de obediencia que desata la bendición.

 Cúbrete bajo la gracia de Dios y perdona a quienes te han herido. Dios da toda la gracia

necesaria para perdonar toda acción que nos haya dolido (Hebreos 12:15). Tan solo debes pensar en los beneficios, tales como que Dios te perdonará también, que quitará el dolor, que te librará de los problemas de la desobediencia, etc…

Algunas personas malentienden el perdón. Creen que es esencial sentirse bien primero con la persona que nos ha herido, para luego poder perdonarla. Nuestra parte es simplemente tomar nuestras ofensas y dolor y llevarlas a la cruz, dejándolas allí. ¡Podemos confiar en Jesús! “Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Romanos 12:19) “De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros“ (Colosenses 3:13)
¡Perdonar a otros no es una sugerencia, es un mandamiento!

2. Evitar las peleas (o manejar con sabiduría las diferencias de opinión)

Santiago 3:16 dice “Porque donde hay celos y pleitos…”

Proverbios 20:3 dice “Honra es del hombre dejar la contienda…”

a) Se necesitan dos para contender. Si uno no responde, no puede haber contienda. Uno de los dos, debe asumir una actitud activa contra la contienda. No es disimulo pasivo, ni un silencio desafiante. Ejemplo de la calesita: Es más fácil pararla ni bien comienza su recorrido, que hacerlo luego de que haya tomado velocidad. (Proverbios 15:1)
b) Es más importante evitar la contienda, que seguir discutiendo hasta tener la razón (Mateo

23:12). Siembra amor cuando el otro siembre contienda (Romanos 1:21, Fil 2:3, Ga 5:14-15). Tu

familiar no es tu enemigo, sino Satanás. (Efesios 6:12). Cuando se siembra paz y armonía, se les garantiza una cosecha abundante de la misma naturaleza.
c) Las treguas. Concédanse uno al otro el permiso para declarar una tregua en cualquier momento. Llamar a tregua es reconocer que los dos, están en una contienda (es diferente a decir: “No, aquí el único que pelea eres tú..”). Entrega tu miembro más ingobernable (la
lengua) al control del Espíritu Santo (Santiago 3) y orar juntos en el Espíritu (Gálatas 6:8). Estarán sembrando para el Espíritu y no para la carne. Tu cosecha vendrá de lo que han sembrado. ¡Amén!

3. La pérdida de la confianza

A veces es casi imposible confiar en las personas, la gente nos hiere, desilusiona y lastima. Y muchas veces nuestra familia ha sido la que ha provocado tales cosas.
La mayoría de las personas comienza confiando en el otro, pero esta confianza se puede ir perdiendo conforme pasan los años y las situaciones difíciles. Esto, aunque es normal, es necesario que busquemos la forma de restaurar la relación de confianza para vivir en un hogar de amor y paz.

4. Restaurando la confianza

a. Solo existe una manera de restaurar la confianza dentro de la familia. Cuando la confianza se ha erosionado, tenemos que poner nuestra confianza en Dios y no en el hombre
(Jeremías 17:5) ¿Cómo? Perdonando y dando otra oportunidad.

b. Perdonar el pecado o la desilusión que hizo crecer la falta de confianza. Si no perdonamos, Dios no puede intervenir.
c. Dios sana la situación cuando ambos están dispuestos a perdonar.

d. Dios es más grande que el problema. Dios es completamente capaz de cambiar los corazones (Jeremías 32:39, Ezequiel 11:19)
e. Cuando depositamos nuestra confianza en Dios, nos liberamos el uno al otro para crecer. f. Nuestra confianza no está sobre la base del desempeño del otro, lo cual quita una enorme
presión de sobre cada uno. En otras palabras, puedo confiar en el otro, porque confío en Dios. A su tiempo, el Señor hará su obra.
g. Nuestra confianza está basada sobre el hecho de que Jesús es mayor que el problema, y que Él nos guía a la victoria. (1 Corintios 15:57)

Conclusión

Recordemos lo hermoso que fueron los momentos de unidad y alegría en nuestro hogar. Cuanto amábamos compartir tiempo juntos, experiencias y emociones. Cuánto anhelábamos estar juntos y reír. Quizás el tiempo haya borrado esos momentos dulces y tiernos, y yo en día solo tenemos en mente los malos recuerdos. Intenta recuperar la relación, la comunicación, y volvé a pasar tiempo en familia. No dejes que el orgullo arruine algo tan importante para la felicidad. Recuerda que tu familia es el primer grupo de la sociedad y no podrás alcanzar la ciudad si primero no intentas recuperar el amor de tu familia. Haz tu parte y Dios hará el milagro!